
Una fundición pequeña de las que dieron nombre industrial a Torrent ocupa menos metros de los que la gente imagina y guarda bastantes más cosas de las que caben en una lista rápida. En una nave de quinientos metros conviven el horno de crisol basculante, la cuchara de colada con su carro, la sala de moldeo con sus montones de arena, la mezcladora, la parrilla de desmoldeo, la granalladora, las esmeriladoras de rebabar, el banco de repaso y, al fondo, la estantería con los modelos y las coquillas de toda la casa. Cerrarla en orden tiene su propia secuencia.
Esa secuencia empieza por lo que ya está frío. Un horno apagado hace meses conserva su instalación de gas o su acometida de potencia, y lo primero es confirmar que ambas están cortadas y dadas de baja por quien corresponde, con el depósito o el contador en la situación que marque la compañía suministradora. A partir de ahí el trabajo es mecánico y el calendario se puede planificar con precisión, jornada a jornada.
El horno frío todavía guarda una colada
Dentro del crisol casi siempre queda metal solidificado: el fondo de la última colada, con su forma de bloque y su valor íntegro de bronce o de latón. Se extrae, se pesa y se anota, porque es una de las partidas recuperables más limpias de toda la nave. El crisol de carburo de silicio, cuando conserva estado, tiene salida entre quienes siguen fundiendo en la comarca; una vez cumplida su vida útil, sale por la fracción de material refractario.
El propio horno aporta después su revestimiento. La masa refractaria del interior, la del canal y la de la cuchara se pican y se retiran aparte, y la carcasa, el sistema de basculación, el quemador o la bobina de inducción y el cuadro salen cada uno por su familia. Alrededor aparecen la tapa, las tenazas, el pirómetro, los desescoriantes y la lingotera, que forman un lote pequeño y muy apreciado en el oficio.
Arena, mazarota y bebedero
La sala de moldeo es el corazón de la nave y la zona que más volumen deja. Están los montones de arena con su bentonita y su carbón, la mezcladora, las cajas de moldeo apiladas, los machos preparados que nunca llegaron a usarse, las bandejas y la parrilla de desmoldeo con su foso de recogida debajo. La arena usada se caracteriza antes de decidir su destino, porque su composición depende de lo que se fundía y de los aditivos que se empleaban.
Junto a la parrilla suele haber un montón que parece chatarra menuda y es justo lo contrario: bebederos, mazarotas, rebabas y piezas rechazadas de bronce y de latón, es decir, metal limpio y de retorno directo al crisol. Se separa por familias, se pesa aparte y se valora a cotización, porque revuelto con el férrico de la estructura pierde la mayor parte de lo que vale.
El polvo del filtro y la escoria
Toda fundición que aspira sus humos guarda un filtro de mangas, y en su tolva se acumula un polvo fino con óxidos metálicos que se retira envasado, se etiqueta y viaja a gestor autorizado con su justificante. Lo mismo ocurre con la escoria retirada de la superficie del baño, que suele estar en cajones junto al horno y que se identifica y se declara con el mismo criterio que el resto de corrientes de la nave.
Este capítulo suele ser una novedad para el titular, porque durante la actividad esos residuos salían poco a poco y sin llamar la atención. Al cerrar aparecen juntos y a la vista, y por eso se inventarían en la primera visita, con su volumen aproximado anotado, en lugar de descubrirse cuando el camión ya está en la puerta esperando.
La zona de repaso y el acabado de la pieza
Después de la colada, la pieza pasaba por granalladora, corte de bebedero, esmerilado, lijado y, en las casas de herraje, por el bombo de vibrado con su carga abrasiva y por la pulidora con sus discos y su pasta. Todo eso deja consumibles que se retiran por su fracción: granalla, abrasivo del bombo, discos gastados, sacos de pasta de pulir y el lodo del filtro de la cabina de pulido, que es fino, denso y con contenido metálico.
La maquinaria de esta zona es la que mejor viaja al mercado de ocasión de l’Horta Sud, siempre que se desmonte entera y con su utillaje al lado. Se retira en ese orden y se anota en el inventario con marca, modelo y estado, para que el titular decida sobre datos concretos y con la valoración delante.
La solera que queda debajo
Cuando la nave está despejada, el suelo de una fundición cuenta su propia historia: arena compactada en las juntas, marcas de las bancadas, restos de metal salpicado alrededor del horno y una franja oscura en el camino que hacía la cuchara. Se retira el sólido, se desengrasa la zona de horno y de repaso, se reponen los pernos y las placas, y el pavimento vuelve a estar continuo de pared a pared.
Ese es el momento en el que una nave de fundición se convierte otra vez en una nave sin más, disponible para la actividad que venga detrás. Y es también el momento en que la carpeta queda completa, con inventario, fotografías del antes y del después, justificante por corriente y acta lista para firmar.